Yo voy soñando caminos: MADRID

Voy a contaros las historias detrás de las acuarelas de Madrid que aparecen en el libro Yo voy soñando caminos, de Antonio Machado, publicado por Nórdica Libros.

La última ciudad machadiana a la que fui a realizar las acuarelas para el libro de Machado, es aquella en la que don Antonio vivió más tiempo, es la que más conozco y quizá por eso, la más difícil de pintar para mí: Madrid. Así como Soria o Segovia tiene un sabor totalmente machadiano, ¿quién conoce en Madrid dónde están las casas en las que vivió el poeta? ¿los cafés que frecuentó? ¿los escenarios de sus paseos? La transformación de la ciudad ha borrado toda huella física y de la memoria de las vivencias del poeta para quienes pasean esa ciudad.

Cuando Antonio Machado se fue a vivir a Madrid con su familia, desde Sevilla, tenía ocho años. No es casual que fuese a estudiar a la Institución Libre de Enseñanza, cuya sede está hoy en la calle Martínez Campos. El día que fui a pintar esta Institución me acompañó Julio Llamazares, que tan bien la conoce. Julio es un machadiano reconocido, como el mismo dice en el epílogo del libro.

La familia de Machado vivió de alquiler en muchas casas distintas, muchas de ellas situadas en la zona de Chamberí. Los años de juventud en Madrid, debieron ser años de creación literaria a cuatro manos, con Manuel, su hermano, tertulias fabulosas y vida bohemia. Me encanta este fragmento de Ligero de equipaje , una biografía maravillosa de Antonio Machado escrita por Ian Gibson. Así recuerda Juan Ramón Jiménez al Antonio de esos tiempos: “En aquella época- refirió Juan Ramón- iba vestido con un gabán descolorido viejísimo, que sólo conservaba uno o dos botones de una fila, los cuales siempre llevaba abrochados equivocadamente, y debajo los pantalones los sujetaba con una cuerda lo mismo que los puños, atados con trozos de guata en vez de gemelos”. Cuando los amigos visitaban a Juan Ramón en el sanatorio, “las pobres monjitas, tan finas y tan limpias sufrían de verle mezclado con aquellos tipos, y le preguntaban por qué los recibía. Al marcharse Antonio Machado era preciso barrer donde había estado sentado por las huellas que dejaba de migas de pan, tabaco y ceniza, papeles mascados que comía a menudo”. A veces, Machado anunciaba que iba a leerles un poema. “Sacaba del bolsillo un papel sucio, hecho dobleces, lo desplegaba y en el centro tenía un gran agujero, porque se lo había ido comiendo sin darse cuenta, y ya no podía leer lo que quería”. En cuanto a la casa familiar, Juan Ramón evoca con espanto su primera visita: “Entré a una habitación, en la que sólo quedaban los restos de una mesa, bueno, de lo que había sido una mesa, en la cual había un vieja palmatoria, sin vela; de allí pasé al cuarto donde estaban, y me dice Antonio: “Siéntate, Juanito, siéntate”. Yo miré en torno y vi una butaca, que tenía un agujero en el fondo, que no servía para sentarse, una silla sobre la cual estaba una gatita con sus gatitos pequeños, y otra silla sobre la cual había… ¡un huevo frito!, de varios días, que estaba allí seco, ¡pegado!”.

En aquellos tiempos Antonio debió pasar largas horas de estudio en la Biblioteca Nacional. La sala central es imponente. Está cubierta con un lucernario, con mesas corridas donde a cada visitante se le asigna un puesto numerado. Hasta que fui a pintarla para este libro, no había estado nunca en esa sala. Las estanterías son muy bajas comparadas con la enorme altura del techo. Lo que más destaca son cuatro grandes relojes que hay en las esquinas. En realidad, esa sala enorme en la que la señalización del tiempo es tan importante, a lo que me recuerda es a una estación de tren. Los lectores son los viajeros. Los trenes son los libros.

A pesar de lo difícil de encontrar las huellas de Machado en Madrid, hay un lugar remoto, desconocido e inaccesible donde se respira el aire del poeta: es una fuente en la que se citaba con Guiomar, el amor del invierno de su vida. Hoy para llegar a ella hay que pedir permisos, atravesar garitas, llevar como acompañamiento un guardaespaldas y es que está justo debajo de las habitaciones privadas del Palacio de la Moncloa. Superadas esas pruebas, llegué allí bajo una llovizna fría: el lugar más solitario, la fuente que canta en el invierno pelado, bajo las granadas avejentadas, todo austero, silencioso. No hizo falta el paraguas. El rato que estuve allí pintando, las nubes dejaron paso al frío sol del invierno.

Todos los lugares por los que pasó la vida del poeta son los que fui a pintar in situ, y que constituyen la parte visual del libro que publica Nórdica Libros. La selección de los textos acompaña ese recorrido vital, que busca acercarnos al hombre que, aun siendo uno de los más grandes poetas de nuestro país, es, a la vez, para muchísima gente, un desconocido.